Creemos que es
indudable que la calidad de la enseñanza religiosa depende en gran parte de la
competencia profesional del profesor y de la consonancia de su vida con lo que
enseña por lo que, depende de su identidad como profesor creyente y de su
misión en la escuela como miembro de la Iglesia.
Cuando un profesor
cristiano opta libremente por impartir la enseñanza de la Religión, está
dando un testimonio de servicio a la
Iglesia, facilita el desarrollo de esta enseñanza en su aula, favorece el
diálogo entre la fe y los contenidos de la materia que él mismo imparte, y
muestra ante sus alumnos la coherencia de sus creencias religiosas con su
vocación de educador. Esto es sin duda un rasgo positivo que queremos destacar.
Por otro lado, en la actualidad, asistimos a un importante
cambio cultural en todos los ámbitos de la sociedad. Todo cambio crea
tensiones, cuando no conflictos, que afectan a la vida misma de las personas;
tensiones provocadas por grandes dilemas que la educación debe afrontar porque
afectan al desarrollo de la persona. Con esto, a lo que queremos llegar es que
un rasgo positivo que creemos que debería de tener un profesor de religión es
el saber cómo armonizar los valores de nuestra tradición y las nuevas
aportaciones de la modernidad y del progreso;
que sea capaz de hacer posible en la escuela la transmisión de nuestra
cultura y las nuevas aportaciones teniendo en cuenta las capacidades de
asimilación que posean nuestros alumnos; así como que sea capaz de armonizar el
desarrollo material y técnico con las necesidades espirituales del ser humano,
de superación de sí mismo, de elevación del pensamiento y del espíritu hasta lo
universal y transcendente.
Desde nuestro punto de
vista, en las clases de religión no solo
se está enseñando a los alumnos la
historia de Jesús sino que también
promueve una enseñanza en valores,
morales y éticos, y en consecuencia de ello, un rasgo positivo a destacar en un
profesor de religión o que creemos que debería de tener es que, este debe ser capaz de promover valores comunes admitidos mayoritariamente y
los valores más peculiares de la fe cristiana, que contribuyen a formar
personalidades responsables, solidarias y libres; despertando y cultivando la capacidad crítica del alumno.
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